Luis Buñuel



  Los Olvidados (1950), Él (1952) y Nazarín (1959) me parecieron películas con historias terriblemente tristes, como para salir de la sala cabizbajo y ausente, "adormecido por el poder hipnótico del cine", como diría el mismo Buñuel. Empecé ha asociar al director español con la desolación, la angustia y el pesimismo de sus personajes. Adolescentes que golpean a un ciego mendigo sin ninguna compasión en Los Olvidados. Un arquitecto enceguecido por el egoísmo y los celos. Un cura cuya estricta fe en Dios es puesta a prueba cuando, al ser expulsado de su iglesia, descubre que sus oraciones de nada sirven frente a la pobreza y la injusticia, en Nazarín.

  La ilusión viaja en tranvía (1953) sin embargo tenía un mayor sentido del humor como muchas de las comedias mexicanas de la época, representado sobre todo por el “Tarrajas” (Fernando Soto), un motorista quien junto a un cobrador deciden dar una última vuelta en el tranvía Nº 133 antes que sea llevado al depósito de chatarra. Un viaje gratuito por la ciudad al que los demás pasajeros se unen alegremente.

  En La hija del engaño (1951) aparece también Fernando Soto, igual de ameno pero esta vez más antagónico al protagonista don Quintín, un hombre de estricta moral, dueño de un casino, que un día descubre la infidelidad de su mujer y una terrible revelación que lo llevará a tomar una, no menos, equivocada decisión. 


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