Killapa wawan
Killapa wawan (Hija de la luna) de César Galindo se suma a otras propuestas del cine regional peruano como Samichay, Wiñaypacha o Kinra, filmadas en el centro y sur del Perú.
En esta nueva obra del director ayacuchano, la vida de una familia en una casa entre los cerros de Huanta se encuentra inevitablemente vinculada a la presencia de la tierra, el agua y los apus. Esta cercanía a la naturaleza tiene que ver además con la cosmovisión andina y la tradición musical.
La lejanía y la falta de un horizonte, sin embargo, no determinan una migración forzada como en el caso de Samichay (2020) o Wiñaypacha. Es la danza la razón principal por la cual Killari permanece en el lugar y refuerza su vínculo con la tierra.
El dolor del pasado reflejado en el rostro de Agucha (Magaly Solier) persiste en muchas escenas. En cambio, la curiosidad de Killari se convierte en un incentivo para descubrir la música en el violín del abuelo (Andrés Lares). De esta manera empieza a cambiar el ánimo y la atmósfera de un hogar sumido en el duelo y el silencio por una tragedia del pasado. La presencia y consejo de los abuelos resulta determinante en esta familia junto a los dioses o espíritus danzantes bajo la caída de las aguas, que aportan una nueva dimensión a la historia.
Si en Willaq pirqa, el descubrimiento del cine significaba un cambio en la vida de Sistu, en Killapa wawan, la danza y la música significan para Killari un aprendizaje y una razón para plantearse un camino, un horizonte en su destino. La danza y el quechua son formas de expresar los sentimientos alrededor de una identidad y cultura.
Como dice el director: “Nosotros, como pueblo, no solo somos tristeza, dolor, miseria, folklore o seres de estudio antropológico. Somos seres humanos como cualquier ser humano en el mundo que tiene derecho a soñar y a expresarse”.
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