La muralla verde


  El tercer film de Armando Robles Godoy fue “un hecho insólito en el desfalleciente panorama del cine peruano de los años 60” ha escrito un crítico.

  Al inicio una pareja se abraza sobre la cama mientras el viento empuja las delgadas cortinas casi hasta cubrirlos. Ambos viven en una casa de madera, rodeados de vegetación, lejos de la civilización.

  En una escena Mario (Julio Alemán) cruza las aguas de un rio mientras la cámara se aleja en un lento zoom out descubriendo la inmensidad del rio en un plano general. Su intención es encontrar a Escolástico, misterioso personaje que parece salido de las entrañas de la selva. La aventura colonizadora en territorio adverso y salvaje que Robles Godoy recrea en sus películas se parece a la dura experiencia vivida por el escritor uruguayo Horacio Quiroga que sirviera de inspiración a sus cuentos.

  En otra escena, como si fuera una pesadilla kafkiana, el protagonista recorre los pasadizos del Ministerio para escuchar las disculpas de una secretaria o encontrar a un funcionario (Jorge Montoro) que explica el largo proceso del expediente. Mario explica a un Director del Ministerio que ya no puede esperar más, que ha dejado su empleo en Lima, que ha preparado todo para ir a la selva.

  Hay una oposición entre la selva (el presente) y la ciudad o capital (el pasado), es decir un contrapunto de espacios y tiempos, como en El último año en Marienbad (1968) de Alain Resnais, o El espejo (1975) de Tarkovski, donde se mezclan los recuerdos y el presente, aunque en un ambiente más irreal e incierto. En La muralla verde (1970), este paralelismo de tiempos no muestra un cambio o evolución en los protagonistas que habitan un lugar totalmente distinto a la ciudad.


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