Divina intervención



   Intervención Divina es una crónica de amor y de dolor, simple y compleja, con varias historias situadas en Jerusalem. Un autorretrato contemplativo, inexpresivo, casi silente, que podría recordar a Jacques Tati, Bresson o Kiarostami. 

   Personajes anónimos realizan cosas inexplicables, absurdas, como arrojar bolsas de basura al jardín vecino, esperar en un paradero donde no pasan buses, o destruir un pedazo de pista, como si esas actitudes pudieran explicar un comportamiento más general.  

   La inmovilidad de la cámara y los pocos diálogos obligan al espectador a interpretar las situaciones de manera más directa. Por ello, la música adquiere otra dimensión. El director palestino Elia Suleiman dice que “una razón del silencio es porque la imagen no tiene límites en cuanto a su capacidad de decir y de crear cuadros visuales para multiplicar la posibilidad de lecturas”.

   El mismo Suleiman visita a su padre enfermo en un hospital, y ambos permanecen mudos. Luego estaciona su auto cerca a un puesto de vigilancia entre Ramallah y Jerusalem, y coge la mano de una mujer, acariciándola como si hicieran el amor. Todo es sugerido, figurado, como el globo con el rostro de Arafat volando sobre la ciudad, o el estallido de un tanque de guerra. Imágenes simples que muestran la “estetización” de una realidad conflictiva.

  “Es una película de resistencia, no de paz”, dice Suleiman. “Lo es en su creación de un espacio poético, en la invención de imágenes sensuales, en su manera de ironizar sobre las estructuras de poder, en su modo de provocar un deseo”.


[Festival de Cannes]


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