Pelo malo


   En la Competencia Oficial del 18 Festival de Lima se ha presentado Pelo Malo (2013) de Mariana Rondón, su tercera película luego de Postales de Leningrado (2007), que retrata la obsesión de un niño por arreglarse el pelo para una foto, y la búsqueda incesante de la madre por un reenganche laboral. Ambos viven asfixiados por la angustia de no poder hallar una salida a sus problemas –sensación reforzada por los espacios estrechos y los planos cercanos.

   Otros personajes como la abuela y unas vecinas viven también en alguno de los numerosos departamentos del conjunto habitacional: un espacio apartado y a la vez inmerso en la ciudad de Caracas, como el enorme edificio de un barrio de Caserta en Gomorrah (2008).

   El punto de vista de la directora resulta sincero pero desapacible al mostrar la vida de mujeres que afrontan su soledad de diferentes maneras. En Pelo malo, que algunos asocian al neorrealismo italiano o quizás mejor al cine de los hermanos Dardenne, no hay mucho espacio para el humor, salvo cuando la abuela y su nieto bailan una popular canción de Henry Stephen. Los días agitados de Marta (Samantha Castillo) recorriendo las calles de Caracas y la dura realidad terminan por afectar la difícil e incierta relación con su hijo Junior.

   El contexto social es sugerido a través de la preocupación de la madre por la aparente homosexualidad de Junior: el tema de la identidad se vuelve insistente. Y las apremiantes relaciones de Marta con dos tipos transmiten una sensación de urgencia. La situación política, apenas revelada en un noticiero de TV sobre la enfermedad del Pdte. Chávez, podría haber dado para más.

   La directora dice sentirse asfixiada por “cómo el contexto social se ha metido en las familias, los amigos, creando una pequeña violencia”, dejando en claro su rebeldía frente a la intolerancia de los venezolanos, y el amargo pesimismo que se muestra en la pantalla.


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