Hojas de otoño
Vinculaciones temporales
"Hojas de otoño" (2022) de Aki Kaurismäki
En planilla compartida con Mike Leigh, Ken Loach, Robert Guédiguian, Fernando León de Aranoa y los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, uno de los grandes cronistas de la clase trabajadora en el cine contemporáneo es el finés Aki Kaurismäki. La extraordinaria "Hojas de otoño" (Fallen Leaves, 2022) lo confirma.
No necesariamente en clave de tensión sindical, sino en la narración de pequeñas tramas intimistas que rodean a sus personajes de trasfondo y sobre todo mucha cultura. Porque en modestas tabernas practican bel canto, tronan rock and roll, van a ver zombies al cine, hablan de música, citan a Robert Bresson, Godard, oyen a Tchaikovsky, Schubert, el "Mambo italiano" del divo Dean Martin en cover finlandés, "Arrabal amargo" de Gardel, y replican sin saber al Chaplin más hondo y proletario.
Entre esos aromas están los sinsabores, que penetran la vida por las rendijas. El empleo fugaz, incómodo, traicionado, mal pagado o impago, por la marginalidad que envuelve al personal, incluso a un jefe de turno que cae detenido. El contacto perdido, la pareja que el azar separa antes de iniciar y que luego conscientemente deja de ser por resonancias traumáticas del pasado. Helsinki, ciudad tan visitada por el autor en su filmografía, es aparentemente tediosa y desolada, medio plomiza, pero que en cualquier esquina se reanima con colores y formas, como focos de marquesina, letreros publicitarios, afiches de películas, reflejos de la vía pública en el transporte, resplandores y sombras de lámparas en las habitaciones. Y que, asimismo, es peligrosa sin mucho estrépito, como en ese tímido bolsiqueo que los transeúntes hacen del ebrio dormido que, sin percatarse, es salvado providencialmente por la amiga que recién lo está conociendo y deseando.
Kaurismäki tiene esa temperatura tan ambigua de calidez y frialdad que ha caracterizado su cine, en lo psicológico y lo físico, con colores oscuros y claros y de destellos en la nocturnidad. Ocurren en relativamente poco tiempo muchas cosas y sus criaturas se desplazan, se inmovilizan, regresan, buscan, retoman, retroceden y reencaminan. Todo está configurado en contra de quienes menos tienen, en lo legal, económico, social, amoroso, laboral. Es la visibilidad concreta de estructuras no del todo escritas, sólo armadas a discreción.
Curiosamente en un autor interesado en lo latino, aunque no en su generosa efusividad. Los rostros lucen un gesto inalterable, estático, hermético, que funciona para la delación, recibir el despido laboral, perder de vista al interés romántico y reencontrarlo más de una vez en las calles que son suyas, hasta andar en dupla al ritmo de muletas rehabilitadoras. Parte de esa actitud es la escucha inexpresiva de las noticias de la invasión rusa de Ucrania, en un aparato radial anacrónico, que debe haber emitido tantas tragedias. Lo que uno siente es que los personajes de Kaurismäki vienen de muy lejos y han estado así toda la vida, observando soledades y depresiones en lo personal, y crisis y guerras en lo social. A pesar de la opresión siguen luchando en silencio para enfrentar la vulnerabilidad y disfrutar los resquicios de felicidad.
En la aparente rigidez brillan hermosos gestos, especialmente los de Alma Pöysti, la espléndida Ansa, en sus momentos de observación, repliegue y convicción sentimental, que dejan escapar briznas exactas de picardía y lucidez.
Gabriel Quispe Medina

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